Vivir la frontera de Vida y Muerte

paraguayCorresponsal paraguayo vive la frontera de Vida y Muerte: Para el periodista más atrevido y respetado de Paraguay, las amenazas de asesinato no alteran su trabajo cotidiano

Ernesto Carmona – Ciap-Felap / 31-12-2012

Desde hace más de 17 años, el periodista Cándido Figueredo, de 56 años, está recibiendo amenazas de muerte en su búnker-oficina de la frontera paraguayo-brasileña. Considerado una autoridad en asuntos de narcotráfico, el corresponsal del diario ABC Color, de Asunción, en la ciudad Pedro Juan Caballero, hermanada con la brasileña Ponta Porã, vive sin luz natural, con vigilantes en la puerta y armado adentro hasta los dientes, en una espera perpetua. Los muros y puertas de su casa aún muestran cicatrices de antiguas balaceras y atentados, según describió una nota y entrevista de Simón Romero, publicada el 2 de junio 2012 en The New York Times.

“Rara vez salgo a la calle”, dijo su esposa, Luz Patricia Bellenzier, psicóloga de 28 años. “Sabemos que nuestros teléfonos están intervenidos. La falta de luz solar me afecta a veces, como lo haría a cualquiera que viva en un búnker”, añadió. “Es una vida extraña”.

Pedro Juan Caballero también es una ciudad extraña, paraíso de contrabandistas y traficantes, que se extiende a ambos lados de la frontera como una sola ciudad con su gemela Ponta Porã, del estado Matto Grosso do Sul, separadas apenas por una avenida, como Berlín Este y Oeste antes del muro y el calentamiento de la “guerra fría”.

A pocas cuadras del refugio de Figueredo, en el lado de Ponta Porã, sólo en 2012 fueron asesinados dos hombres de prensa vinculados al único periódico local, incluido su dueño. Comerciantes chinos, árabes y paraguayos venden una gama de artículos contrabandeados y de dudoso origen, desde cigarrillos, sucedáneos de whisky e imitaciones de perfumes famosos a toda clase de armas made in USA, o de fabricación israelí e incluso chilena.

La ciudad es ruidosa, con centros comerciales vigilados por guardias armados, mientras lujosos vehículos deportivos todo terreno deambulan por las calles con sus aparatos de sonido al máximo volumen. Conductores y peatones hablan una lengua que amalgama el español, portugués y guaraní. Las viviendas urbanas expanden sin cesar la conocida arquitectura “estilo narco”.

El tráfico de drogas proporciona vida y muerte en Pedro Juan Caballero y Ponta Porã. No existe una bolsa de valores o mercado formal, pero allí se transan las cosechas de grandes cultivos de marihuana de Paraguay que abastecen a Brasil y Argentina, e incluso a mercados más lejanos, como Chile, en tanto los ranchos a lo largo de ambos lados de la frontera oriental prestan valiosos servicios al tráfico de cocaína andina, bajo un esquema de integración multinacional armado por el propio delito.

El narcotráfico también trajo a esta zona la violencia, fortaleció la corrupción político-judicial-administrativa y hace aumentar constantemente el número de muertos. Los periodistas que cubren la llamativa fuente “tráfico de drogas y corrupción relacionada” son acechados por sempiternos peligros desde las sombras fronterizas, al igual que en los países más criminalizados de la región, como México y Honduras.

2012: Tres periodistas asesinados en

Matto Grosso, dos de ellos en Porta Porã

En Ponta Porã, la contraparte brasileña de Pedro Juan Caballero, fue asesinado el 4 de octubre 2012 Luis Henrique Rodríguez Georges, “Tulú”, de 44 años, propietario del Jornal da Praça, el único diario de la región. Considerado el heredero de su tío Fahd Yamil Georges –poderoso capo de la mafia brasileña llamado “el Rey de la Frontera” prófugo de la justicia–, Rodríguez Georges fue procesado antes como reclutador de los sicarios que el 26 de abril de 1991 dieron muerte en Pedro Juan Caballero al periodista paraguayo Santiago Leguizamón, presumiblemente pagados con dinero del tío, aunque “Tulú” se las arregló para resultar “libre de polvo y paja”.

También el 12 de febrero 2012 asesinaron en Ponta Porã a Paulo Roberto Cardoso Rodrigues, de 51 años, llamadoPaulo Rocaro, editor del Jornal da Praça del difunto Rodríguez Georges y, además, responsable del sitio Mercosur News.

En Campo Grande, capital del mismo estado Mato Grosso do Sul, a 325 km al norte de Ponta Porã, el 22 de noviembre 2012 fue asesinado Eduardo Carvalho, de 52 años, propietario y editor del periódico electrónico Última Hora News (UHNews), por tanto en 2012 fueron asesinados tres hombres de prensa en ese estado brasileño. En agosto 2007, dos asaltantes dieron muerte a Tito Alberto Palma Godoy, de 48 años, periodista chileno avecindado en Paraguay, reportero de radio en Puerto Mayor Otaño, a 442 km de Pedro Juan Caballero/Ponta Porã. Todos estos crímenes tienen su matriz en el narco-poder político fronterizo.

Fahd Jamil Georges, el tío del extinto “Tulú”, ha estado prófugo de la justicia desde 2005. Nunca pisó prisión alguna y desde abril de 2012 la corrupta justicia brasileña extinguió los cargos en su contra. Pero aún se ignora en qué lugar disfruta de su libertad. El Rey de la Frontera de los años 80 y 90 amasó una gran fortuna que para la Secretaría Nacional Antidrogas y la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) del Narcotráfico de su país provino del  contrabando de cigarrillos, drogas y lavado de dinero.

En 2004/2005 apareció en escena el juez federal de Brasil Odilón de Oliveira, enemigo acérrimo de la mafia de frontera. En menos de un año, el magistrado condenó a 114 narcotraficantes poderosos en el estado Mato Grosso do Sul, fronterizo con el departamento Amambay de Paraguay. Fahd Yamil fue uno de los narcos condenados y desde entonces abandonó la frontera con destino desconocido. Ahora técnicamente podría regresar a Ponta Porã.

Amenazas de un “pequeño traficante”

En este entorno en que vive, Figueredo investigó cada una de esas muertes, “consciente de que su tiempo va a llegar”, escribió Simón Romero en TNYT. Relató haber recibido amenazas por docenas en los últimos años, por teléfono, e-mail, mensajes de texto… y en persona. En enero 2012, desde un pelotón de policía de elite del estado Mato Grosso do Sul, le avisaron que en una llamada telefónica interceptada al fugitivo paraguayo Felipe “Barón” Escurra éste le comentó a un interno de una prisión de alta seguridad brasileña sus planes para matar a Figueredo, en venganza por artículos que describieron su implicación en pistas de aterrizaje clandestinas construidas cerca de la frontera.

Según Romero, Figueredo se encogió de hombros y llamó a Escurra un amateur, un aficionado. “Ni siquiera tiene calibre de pez gordo” –como llaman en la jerga narco paraguaya a los “traficantes de grandes ligas”–, dijo Figueredo. Escurra acaudilla la delincuencia de Capitán Bado, otra localidad fronteriza, a 446 km de carretera de Pedro Juan Caballero.

El periodista lleva casi dos décadas viviendo entre cuentos de malhechores después de residir desde los años 70 entre la nieve de la fría y remota Finnmark, en Noruega, con las más bajas temperaturas de ese país, pero con idílicos fiordos de paredes empinadas, hasta donde llegó enamorado de su primera esposa, una escandinava que conoció en Paraguay. Mostrando fotografías de libros en noruego de su biblioteca, relató a Romero que cuando se dio por terminado el matrimonio que lo llevó a esos parajes se dio cuenta que “tenia ganas de volver a casa”.

En su experiencia nórdica trabajó en una fábrica de acero cerca de Rusia, donde aprendió a conocer otras historias de malhechores de frontera. Tras la separación matrimonial regresó en 1989, justo al término de los 35 años de la dictadura Stroessner. El regreso lo dejó consternado por la ausencia de ley y orden, pero en el trabajo de reportero encontró “una forma de arrojar luz sobre ciertos hombres”.

Arriesgando la vida por 1.500 dólares al mes

Siendo uno de los reporteros más respetados de Paraguay, su sueldo sigue siendo cercano a los 1.500 dólares por mes. Investigó historias sobre la participación de nigerianos en el comercio de cocaína en Paraguay y el atrincheramiento de traficantes brasileños, como la banda del crimen de São Paulo, el Primer Comando de la Capital y los negocios del barón de la droga Fernandinho Beira-Mar, encarcelado en Río de Janeiro.

Largamente confinado en su guarida, Figueredo supervisa las radiofrecuencias de la policía, memoriza los códigos de crímenes, homicidios y de eventos en la cárcel. Reconoce la influencia de su información, obtenida de una gama de fuentes, que incluye generales de ejército, políticos, rancheros y traficantes de drogas que ellos mismos le hablan largamente.

Es apreciado por la comunidad empresaria local, pero obviamente sale lo menos posible de su búnker-hogar. “Me da gusto hablar con Cándido, cuando tengo valor para sentarme a su lado en una barra”, dijo Felipe Cogorno, hombre de negocios propietario de un centro comercial. “Es una broma, por supuesto, porque uno necesita inyectarle un poco de humor a su situación”.

Figueredo dijo que lo reconforta el hecho de que su hija y nietos vivan lejos, en Noruega. Con su esposa recorre de vez en cuando los 546 km que conducen a la capital de Paraguay, Asunción, adonde frecuentan restaurantes y dan paseos a través de calles y avenidas más tranquilas. “Permite respirar”, dijo este periodista que pasa demasiadas horas bajo la sombra de su oficina en casa.

Cuando abandona su hogar para visitar alguna escena del crimen, no deja de capturar imágenes. Su archivo es tan perturbador como una pintura de Hieronymus Bosch, El Bosco: cuerpos desmembrados, tan quemados y mutilados que resulta imposible reconocerlos. “Alguien tiene que documentar estas cosas, incluso si las imágenes son demasiado fuertes como para ser publicadas en un periódico”, explicó Figueredo.

Algún día espera retirarse y regresar a la nevada y fría Noruega para estar cerca de sus nietos. Allí piensa hallar distancia y tranquilidad para concentrarse en la memoria de su vida como reportero de frontera, siempre que ningún asesino viole antes su puerta. “Si dejara que eso ocurra no sería más que otro cadáver añadido a la pila”.

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