Primer Once de Septiembre en primera persona

por Fernando Andres Torres*

Viví una revolución socialista sin armas que duró mil días.

Cuando adolescente fui testigo del triunfo electoral del Presidente Allende y siendo todavía el mismo adolescente fui testigo de su muerte, la destrucción de su programa popular y de todo lo que lo rodeaba. Aviones bombardeando edificios en pleno centro de Santiago, escuelas sin armas, una batalla en la cervecería y un gato disparándole a los carabineros; todo esto mientras la mano sangrienta de la política exterior de los Estados Unidos ensuciaba todos los rincones de Chile. Fue mi primer Once.

En unas pocas horas – después que el golpe se inició el martes 11 septiembre de 1973, a las 6am – los principales centros políticos y medios de comunicación fueron destruidos u ocupados con precisión por los militares. Se ordenó el cierre del Congreso, los sindicatos y organizaciones laborales fueron decapitadas y los líderes y representantes de las organizaciones de bases fueron asesinados, desaparecidos o encarcelados. Sin lugar a dudas – precisión y eficacia – este golpe fue planeado de antemano. Los agentes de los Estados Unidos estaban metidísimos en Chile desde quién sabe cuándo.

Y un joven estadounidense lo sabía. Unas horas después del golpe y por pura casualidad en un hotel en Viña del Mar, Charles Horman, mezclándose con los oficiales de la Marina estadounidense en la ciudad, obtiene información sobre el alcance de la participación de los EE.UU. en el golpe. Una vez más, por pura casualidad, un capitán de la marina de guerra de Estados Unidos y soplón de la embajada estadounidense y de la CIA, Ray E. Davis, le dio a Horman un aventón desde Viña a Santiago. Los temas de la conversación en el coche son desconocidos, pero a los pocos días Horman fue detenido por la policía secreta llevado al Estadio Nacional y posteriormente ejecutado. Davis había entregado a la muerte a un compatriota.

Los documentos dados a conocer bajo el gobierno de Clinton revelaron el alcance de la participación de Estados Unidos en la política de Chile y el papel de la CIA en el asesinato de Horman, sin embargo hasta ahora, Henry Kissinger – entonces Secretario de Estado y partidario de la repugnante Operación Cóndor – se ha negado a cooperar con las distintas investigaciones judiciales. En 2011, el juez chileno Jorge Zepeda procesó a Davis, junto con Pedro Espinoza, un conocido asesino, torturador y miembro de la inteligencia militar chilena DINA, por los asesinatos de Charles Horman y Frank Teruggi; otro ciudadano estadounidense también prisionero en el estadio y ejecutado mas tarde. Con la negación de los EE.UU. a la orden de extradición del juez Zepeda, Espinoza todavía despierta cada mañana bajo el sol de la Florida como un hombre libre.

Una Decisión requiere una traición

Dos cosas fueron cruciales en el derrocamiento de Allende: La decisión del gobierno de Nixon (bajo la influencia del antojadizo consejo de Kissinger) para deshacerse del doctor Allende a cualquier costo y la traición de Pinochet de no mantener la promesa que le hizo al presidente Allende y al gobierno chileno de respetar la Constitución. Pinochet traicionó a Allende cuando estaba convencido de que tenía el apoyo de los EE.UU.. Por otro lado, el dúo mortal Kissinger / Nixon aprobó el apoyo al golpe militar cuando las cuatro ramas del ejército de Chile se unieron en la conspiración.

Hoy día en Chile, esta magnánima traición de Pinochet todavía se oculta incluso entre los propios militares, por aquel orgullo militar prusiano – de hombres de confianza que siempre honran la palabra. Cuando un hombre, un soldado, rompe su palabra, rompe su honor y por lo tanto no merece el uniforme que viste. Pero parece que esto es patraña pura si el traidor es el mismo Comandante en Jefe.

Escuelas sin armas

Me estaba preparando para ir a la escuela como lo hacía todas las mañanas cuando escuché los tanques y jeeps justo afuera de mi puerta retumbando hacia la estación de trenes de la ciudad, Antofagasta. Jóvenes y limpios soldados con frescos cortes de pelo, con uniformes planchados y granadas colgando de sus pechos. Inmediatamente supe que algo estaba terriblemente mal. Corrí a la escuela tratando de darle sentido a las noticias que escuchaba en el camino hacia la calle Ossa.

La ofensiva militar se estaba desarrollando muy rápido. En la radio Allende no llamó a organizar la resistencia. Muchos de mis compañeros de clase dijeron que el Presidente estaba evitando un baño de sangre. En la escuela, los estudiantes mayores nos instruían a esperar órdenes en grupos de tres. La estación de radio interna del frente de estudiantes fue desarmada después de algunas horas de ferviente transmisión. En mi escuela nunca se distribuyeron armas. Algunos chicos fueron a la Universidad del Norte donde se dijo que la distribución estaba sucediendo.

Pero tampoco pasó nada allí. El ejército entró con fuerza brutal – la universidad era un objetivo premeditado de los militares ya que se creía que era un bastión de la Unidad Popular, la coalición política que apoyó a Allende. Se llevaron un gran número de prisioneros; estudiantes, conserjes y profesores, – muchos de ellos aún desaparecidos. Con megáfonos amenazaban con matarlos si los que estaban detrás de las barricadas no se daban por vencidos. Sin escuela, sin reuniones y con un toque de queda implacablemente mortal, el Once de Septiembre, comenzó a sentirse sombrío, muy sombrío.

Una batalla en la cervecería

Por la tarde nos dieron órdenes de disolvernos, salir de la escuela, y congelarnos hasta que alguien nos contactara de nuevo. Dejé el Liceo de Hombres # 1 con el sabor amargo de la tragedia y la soledad; Me sentí abandonado. La primera noche bajo el régimen de Pinochet la pasé en el techo de mi casa, a donde subí con una frazada para averiguar de una vez por todas de donde venían lo ruidos del tableteo de metrallas. Tuve una gran sorpresa; Pude ver una gran batalla. Después de todo era un golpe militar, sin lugar a dudas.

El ruido venía de la dirección del Océano Pacífico como a dos kilómetros de mi puesto de observación, del edificio de la Compañía de Cervecerías Unidas, la fábrica de cerveza mas grande de la ciudad y del norte de Chile, en las calles Zenteno y Pinto. Los trabajadores se tomaron la fábrica y estaban defendiéndola inútilmente. La batalla tuvo lugar durante varios días, pero sólo durante la oscuridad de la noche. Los helicópteros disparaban grandes balas y de vez en cuando una trazadora; una bala incandescente que traza el cielo con un color rojo, como una estrella fugaz, y se utiliza para mejorar la puntería.

Nunca vi una trazadora subiendo, pero podía oír muchos calibres saliendo de ese gran edificio al lado del océano. Nunca supe cómo terminó realmente esa batalla. Durante los primeros meses hubo un denso bloqueo de noticias. El ejército utilizó su poder aéreo; no podían o no querían acercarse a la fábrica por tierra. La mayoría de los trabajadores aprovecharon la noche oscura del desierto costero de Atacama para escapar de la fábrica. Avance rápido: 41 años después; Todo a sido olvidado, la fábrica de cerveza es ahora un bullente centro comercial, un templo del consumismo.

El gato sobre el tejado, tirador solitario

Durante las horas del toque de queda, camiones militares cubiertos subían por mi calle Carlos Condell. Alguno de ellos eran parte de un equipo de limpieza. Sacaban los cuerpos y lavaban las calles ensangrentadas. Por la mañana todo estaba limpio como si nada hubiese sucedido la noche anterior. A A dos cuadras de mi casa y separado por dos calles y las vías del ferrocarril se encontraba el Grupo de Instrucción de Carabineros; una estación y escuela de policía en la Avenida Matta.

Todas las noches desde la Avenida Pedro de Valdivia, como una cuadra de mi casa, un tirador solitario salía de la oscuridad a disparar sus armas de pequeño calibre hacia la academia policial. Yo, atrincherado en el techo, me imaginaba que era un gato negro, ligero e inteligente, saltando para cruzar los techos con mucho estilo. Siempre pensé que él no estaba disparando, sino más bien gatillando una especie de declaración anti-golpista. Era en verdad David contra Goliat. Incluso aquel gato pudo haber sido ella, una gata. Yo quería reunirse con él, pero tenía miedo. El estaba loco, yo también.

Nunca supe si el tirador solitario fue capaz de darle a su objetivo, pero la mañana siguiente revelaba su notable presencia con los muchos agujeros de bala en las paredes de todo el área. El tiroteo se prolongó durante varias noches. Al final la policía se decidió a bajar y poner luces de Navidad en los techos de todas las casas de la esquina. La misma esquina donde pasé grandes momentos de mi juventud escuchando música gringa, bebiendo cebada fermentada y fumando todo tipo de hierbas. La esquina ahora parecía un carnaval triste; el gato sobre el tejado se habría ido o habría muerto … ¿pero qué tanto? Después de todo los gatos tienen siete vidas, ¿que no?

 

*Fernando Andrés Torres es escritor, poeta y periodista. Es editor asociado y corresponsal para la revista internet Dilemas.cl y miembro de la Junta Asesora de ExposeFacts. Bajo la dictadura del general Pinochet, Torres se unió a la resistencia chilena. En 1975 fue detenido por la policía secreta del régimen. Mientras estaba encarcelado, recitó poesía y escribió mensajes a mano con citas sobre optimismo y esperanza. Después de ser expulsado

al exilio, continuó escribiendo poesía y relatos cortos. En la actualidad Torres se encuentra escribiendo un libro de relatos cortos basados en sus experiencias como prisionero político.

 

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