El corazón partío…

por Luis Casado*

Nos escribe una amable lectora, pidiéndonos difundir una nota de Emilio Nouel, nombre que tal vez no te dice nada. Emilio Nouel es venezolano. Como precisa nuestra lectora: “gran amigo mío, compañero en el Magister que aprobé en la Universidad Central de Venezuela, abogado, doctorado en Francia, profesor de relaciones internacionales, socialista auténtico, que nos dio todo su apoyo, y en quien confío plenamente.” Se ve que nuestra lectora tiene el corazón partío entre sus opciones políticas, y su gratitud hacia quienes la ayudaron en momentos difíciles.
 
En su nota, titulada “¿Seguirá indolente la región frente a la tragedia política venezolana?” (ver el enlace al final del texto), Emilio –el “socialista auténtico”– declara: “La sentencia contra Leopoldo López es abominable”. Colegimos que Emilio Nouel no aprecia particularmente la Justicia de su país, es su pleno y legítimo derecho, el mismo que reclamamos para nosotros en Chile, país que no ha sido capaz de hacerle justicia a las víctimas de la dictadura en más de 25 años de gobiernos dizque “democráticos”.
 
Al referirse al poder judicial venezolano, Emilio va más lejos: “Éste es simplemente un mandadero del ejecutivo. Una vez más, el gobierno reveló de lo qué está hecho, cuál su natural perversidad.”(sic)
 
Emilio tampoco aprecia al gobierno de su país, y una vez más tenemos que reconocerle ese derecho, el mismo que reclamamos para nosotros en Chile, país en el que durante más de 40 años, a partir del golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende y el pueblo de Chile, se han sucedido gobiernos sometidos al poder del dinero y a la influencia de Washington.
 
Dicho sea de paso, Emilio, “doctorado en Francia”, omite precisar que en Francia el poder judicial está institucionalmente sometido al Ejecutivo, hecho que de tiempo en tiempo genera encendidos debates que se apagan apenas algún ministro –o algún presidente de la república– aparece involucrado en uno de los numerosísimos escándalos que salpican frecuentemente las portadas de la prensa.
 
La lista es larga y variada e incluye desde corrupción activa a lavado de dinero, pasando por toma ilegal de interés, financiamiento ilegal de campañas políticas, crímenes de Estado y otras lindezas. Desde luego, ninguno de los gobiernos de los últimos 40 años, de izquierda o de derechas, está exento de algún pecadillo. Si lo menciono al pasar, es porque a la “clase política” francesa tampoco le gusta el gobierno venezolano.
 
Ya lanzado, Emilio Nouel hace una muy solemne proclama que fuerza el respeto:
 
“Sabemos que la solución definitiva del desastre político y económico que padecemos toca a nosotros los venezolanos. No esperamos que sean otros los que nos “rescaten”. En este atolladero nos metimos y de él saldremos con nuestras propias fuerzas, a pesar de la desventaja en que estamos los que queremos restaurar la democracia.”
 
Una vez más, no podemos sino reconocerle el derecho a proclamar los objetivos políticos que declara, nosotros que proclamamos y declaramos exactamente los mismos en Chile: nuestra voluntad de restaurar la democracia.
 
Donde las cosas comienzan a ponerse oscuras es cuando Emilio Nouel, olvidando el párrafo que precede, apela muy abiertamente a la intervención extranjera. Abierta y claramente, sobrepasando con creces el límite de la decencia:
 
“…cuando se trata de violaciones flagrantes a las libertades y los principios democráticos, como es notorio desde hace años en Venezuela, los gobiernos del mundo están asistidos y facultados, además de por la moral, también por el derecho internacional vigente, contenido en tratados y convenciones de obligatorio cumplimiento.
 
Con ocasión de la salvajada perpetrada contra Leopoldo López y otros venezolanos, resulta oportuno recordar nuevamente lo que ha dicho el filósofo Michael Walzer: “los principios de independencia política e integridad territorial no son un escudo para que se refugie la barbarie”.
 
La antigua ley no escrita de Antígona, concede el derecho a terciar mediante la opinión, la ayuda, las presiones políticas y diplomáticas, y en los casos muy graves, con la fuerza.”
 
En otras palabras, Emilio Nouel pasa del cinismo a la hipocresía, y de la hipocresía al cinismo, en una movida asimilable a la traición a la patria, el mismo tipo de detallito que el día 21 de enero de 1793 le costó la vida a Louis XVI, rey de Francia decapitado por traición a la república y entendimiento con los enemigos de Francia.
 
¿Qué diría la costra política parasitaria chilena si POLITIKA, o yo mismo, llamásemos a una intervención de fuerzas extranjeras para restaurar la democracia en Chile?
 
Bernard Kouchner, que fue ministro de François Mitterrand, transeúnte político francés que pasó del partido comunista al partido socialista, luego al partido radical, para regresar enseguida al partido socialista sin haber conseguido jamás hacerse elegir a nada, osó inventar el “derecho de injerencia”, gracias al cual las grandes potencias podían justificar sus frecuentes intervenciones militares en las ex colonias con fines estrictamente “humanitarios”, no hace falta decirlo, viniendo de dónde viene…
 
Lo que no le impidió a Bernard Kouchner, una vez terminada la teta de los ministerios, ganar sumas extravagantes haciendo de “consultor” para las peores dictaduras africanas. ¿Suena conocido?
 
Si preciso que el “derecho de injerencia” funciona en modo unidireccional es porque a nadie se le ocurriría pensar que cuando Nicolas Sarkozy hizo bombardear Libia y asesinar a Muamar el Kadafi para ocultar que el dictador libio financió sus campañas políticas con millones y millones de euros, Burkina Fasso pudo haber intervenido militarmente en Francia para restaurar la democracia en París.
 
Bernard Kouchner es el tipo de tartufo que reclama el “derecho de injerencia”, como hace Emilio Nouel.
 
La oposición venezolana es minoritaria. Hace algunos años, cuando esa oposición rehusó participar en elecciones parlamentarias (Hugo Chávez aún estaba vivo) el propio Secretario General del Partido Socialista venezolano me confidenció que eso se debía a que no lograrían elegir ni un diputado. ¿El lugar y la ocasión de ese encuentro improbable? El entonces Hotel Hilton de Caracas en el que yo me hospedaba, en el curso de una velada de lanzamiento de una publicación anti-chavista financiada por lo peor de la reacción venezolana.
 
¿Cómo fue posible que yo estuviese en medio de ese areópago neofascista? Muy sencillo: en los corredores del Hotel me encontré con el responsable para América Latina de la Sección Internacional del partido socialista francés, quién me invitó al vituperio.
 
Entre las eminentes personalidades que aparecían apoyando la nueva publicación, formando parte incluso de su redacción, otro sicario conocido: Felipe González.
 
La socialdemocracia europea ni siquiera ocultaba el hecho de marchar hombro con hombro con el riquerío venezolano en contra de un gobierno legítimamente elegido. Peor aún, aceptaba los dólares que esos enfermizos enemigos de Venezuela hacían venir de Miami. ¿Puedo afirmarlo? Puedo: también tengo amigos en Venezuela, que fueron solidarios cuando fue necesario.
 
Esos mismos amigos me confiaron haber sido quienes ocultaron las armas con las que se asesinó a militantes chavistas en una las numerosas asonadas que lanzaron en Caracas. Esos ahora ex amigos, me confidenciaron que las platas venían de Miami. Ese día comprendí que hay amigos leales que no pueden seguir siendo amigos, cuando pasan del otro lado del espejo.
 
Entretanto, en Chile, hay quienes callaron cuando el golpe de Estado contra Hugo Chávez, y quienes apoyaron ese golpe de Estado, como Ricardo Lagos. En esa ocasión escribí que eso era una canallada de la parte de Lagos. Una canallada.
 
En estos días vemos otras canalladas, similares sino peores, en proveniencia del propio partido socialista chileno, de lo que queda de él, o de lo que se empecinan en seguir llamando así.
 
Nunca me conté entre los “chavistas”, aun menos entre los adoradores de Chávez, ni entre quienes –convicción o dineros mediante– contribuyeron a forjar una suerte de culto a la personalidad más propio del siglo XX que del siglo en que esto escribo.
 
Sin embargo siempre me pareció y me sigue pareciendo que el pueblo venezolano tiene el derecho a decidir de su futuro sin intervenciones externas, sin agresiones externas y sin canalladas externas. Para canalladas y agresiones en contra del propio pueblo venezolano basta con las que montan los tartufos como Emilio Nouel.
 
 
*) Louis Casado, analista chileno
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